La pieza se revela con una impronta matérica de hondo calado, donde la palabra "SER" irrumpe en un relieve contundente, labrado en una textura rugosa, casi de escoria o metal pretérito, que le confiere una profundidad táctil innegable. Estas grafías, de un negro denso y cavernoso, se inscriben con una autoridad casi ancestral dentro de un corazón estilizado, cuya silueta parece haber sido cincelada con la misma aspereza visceral. El telón de fondo, una ráfaga cromática de pinceladas impetuosas, transita de los ocres y naranjas encendidos a los rojos pasión, para luego decantar en azules profundos y turquesas algo melancólicos hacia el envés. La superficie completa se ve salpicada por una miríada de gránulos oscuros, como si la obra hubiese sido expuesta a la intemperie o atestiguara el inexorable paso del tiempo, sumando una pátina de historia y fragilidad a su robustez intrínseca.
La simbología que emerge de esta composición es de una potencia evocadora ineludible. El imperativo "SER", cincelado con tal crudeza, interpela al observador sobre la esencia misma de la existencia, de la identidad inmutable que persiste frente al fluir constante de lo fenoménico. Enmarcado por el corazón, arquetipo universal del afecto y la vitalidad, el mensaje adquiere una resonancia profunda: ¿es acaso un llamado a la autenticidad del sentir, a una forma de 'ser' que emana del centro emocional? La aspereza de las grafías y del perímetro cardíaco, en franco contraste con la explosión cromática del fondo –vibrante, sí, pero también caótica y en apariencia fortuita– sugiere que el 'ser' no es una entidad pulcra ni diáfana, sino una construcción compleja, forjada entre el ímpetu de las pasiones y la erosión del tiempo; un devenir constante que, a pesar de las cicatrices visibles, se ancla en lo fundamental de nuestra condición.